Las elecciones presidenciales del año próximo serán las primeras desde 1983 en desarrollarse en un contexto de caída (y fuerte caída) del gasto público. Algo que contradice a gran parte del desarrollo teórico de la economía política, según la cual el gasto público se encuentra gobernado por los ciclos políticos, observándose expansiones en los períodos en que hay competencias electorales.

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Midiendo el gasto primario en relación al PBI, observamos que en 2019 el mismo tendrá una importante caída, del 1,6% del PBI. Este ajuste del gasto es una parte de la corrección de las finanzas públicas necesarias para cumplir con la meta de déficit fiscal primario cero. La otra parte la aportará la suba de algunos impuestos, fundamentalmente las retenciones a las exportaciones. En ningún otro año de elección presidencial se había observado, desde el ´83, este fenómeno. En algunos años, el gasto había permanecido constante o con incrementos insignificantes mientras que en otros períodos el aumento fue considerable, y respondía a la intencionalidad de afectar la demanda agregada para crear un escenario de recalentamiento económico, cuyo rédito electoral ha sido constatado en innumerables ocasiones.

LA RECUPERACIÓN ECONÓMICA TENDRÁ QUE VENIR PURA Y EXCLUSIVAMENTE DESDE EL SECTOR PRIVADO, SIN NINGÚN ESTÍMULO POR PARTE DE LA POLÍTICA FISCAL.

¿ES RECESIVO EL AJUSTE?

Automáticamente, la pregunta que surge es: ¿busca el Gobierno autodestruirse? El convulsionado 2018 demostró que el oficialismo no tiene otro camino. Y ahí surge otra pregunta: ¿no profundizará la recesión un ajuste fiscal debido a que reducirá la demanda agregada? Siguiendo con lo recién expuesto, como base, sea o no recesivo, no hay más opciones. En segundo lugar, y a la luz de las lecciones aprendidas en 2018, no hacer el ajuste no garantiza una economía en crecimiento. De hecho, la crisis macroeconómica que aún estamos atravesando, tiene su raíz en los enormes desequilibrios que el Gobierno no había logrado corregir (y que algunos fueron incluso profundizados, según la opinión de varios analistas) a tiempo. Es decir, que si pasó lo que pasó en 2018 fue porque se cortó elfinanciamiento antes de que el Gobierno haya hecho el ajuste, es una “crisis por desajuste”. Desde esta perspectiva, continuar en este sendero (aunque no sea fácticamente viable) no haría más que seguir exponiendo a la macroeconomía argentina a nuevos golpes.

La recuperación económica tendrá que venir pura y exclusivamente desde el sector privado, sin ningún estímulo por parte de la política fiscal. La corrección cambiaria debería aportar desde el impulso a las exportaciones netas, la desaceleración gradual de la inflación como consecuencia de la estabilización cambiaria y un mayor control fiscal y monetario permitirá una recuperación consistente de los ingresos reales a partir de marzo, así como también de la intermediación crediticia, y la ausencia de desastres climáticos como la sequía de la campaña pasada debería derramar desde la agroindustria hacia el resto de la economía. El aporte de la política económica será, en todo caso, indirecto: corregir los desequilibrios para tratar de blindar lo mejor posible a la economía ante problemas que puedan surgir desde el exterior.

Por Esteban Domecq – Economista y Director de Invecq Consulting S.A

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